Recuperación y transformación
    La primera edición de la Batalla, tras la guerra, en 1940, significó un nuevo comienzo, en condiciones mucho más adversas que en 1908. Un país devastado, una economía arruinada, una sociedad herida, comunicaciones y transportes en situación lamentable… Los materiales, las herramientas, las cuadrillas… todo se lo había llevado la guerra. A Laredo le costará casi una década situar a la Batalla en el lugar en que brilló antes de la contienda. Aun así, y gracias al esfuerzo y la identificación de los laredanos con su fiesta, la mínima asistencia foránea y la nula repercusión de los medios que caracterizaron la edición de 1940 dieron paso, en unos años, a las enormes aglomeraciones de antaño, enlazando con una brillante tradición que, una vez más, evolucionará incorporando diversas innovaciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.
     En primer lugar el opresivo ambiente social y cultural del primer franquismo menguó la imagen festiva y alegre de antaño, encauzándola dentro de los estrechos cánones del nacional-catolicismo. Lo cual redundará en una paradójica consecuencia: lo que la Batalla pierde de erótico-festivo lo gana en lo artístico, reforzando la línea que ya se inició durante las primeras décadas de la fiesta. Las carrozas crecen en volumen, complejidad y ornamentación, constituyéndose en artísticos y monumentales conjuntos empujados y arrastrados ahora por sus propios creadores (desaparecen las plataformas movidas por animales).

Sueño de navidad, 1º premio en 1951.

Cambios y progresos impulsados, a partir de los años 60, con la eclosión del turismo de masas, que transforma al modesto puerto pesquero en un importante foco de atracción durante el verano. En consecuencia, el tono un tanto elitista que envolvió a la Batalla en sus primeros años (la burguesía autóctona y visitante encargaba las carrozas a artesanos locales para el lucimiento de sus vástagos, que desfilaban sobre las creaciones con sus mejores galas) desaparece, transformándose en una fiesta plenamente popular, que recupera con fuerza el carácter festivo y hedonista de sus comienzos.
Los cambios se verán reforzados, asimismo, por la mejora de materiales y herramientas, especialmente con la introducción del corcho sintético –en sustitución de la escayola- para la construcción de las figuras. Ello las hará menos pesadas y más maleables, posibilitando grandes y complejas esculturas.
El aumento en el tamaño y complejidad de las carrozas –y por tanto en su coste- restringirá el número de participantes (de 40 a unas 15 alegorías) y acabará con una de las tradiciones de la fiesta: la participación de carrocistas foráneos. Hasta los años cuarenta fue habitual la asistencia de carrozas creadas en todos los pueblos de la región (Colindres, Santoña, Liendo, Limpias, Ampuero, Castro-Urdiales, Noja, Voto, Beranga, Solares, Lanestosa, Marrón), pero a partir del ecuador del siglo la mayoría de los creadores serán del propio Laredo.
Otras novedades demuestran el éxito de la Batalla: el cambio de fecha de su celebración desde 1964, de domingo a viernes, festejando la Batalla en día laborable, con la finalidad de frenar el  desbordante caudal de espectadores; su declaración como Fiesta de Interés Turístico  en 1965; las sucesivas modificaciones en el circuito, de la tradicional Calle del Paseo a la Avenida de José Antonio (1971) y de ésta al definitivo, alrededor de la Alameda Miramar (1978) para mejor acomodo y visibilidad de las carrozas.